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Liderazgo
El difícil equilibrio del liderazgo

El difícil equilibrio del liderazgo

El liderazgo debe ser auténtico y tener un propósito verdadero. Si un directivo no tiene claro su propósito y valores, es difícil que actúe como líder.
25 octubre 2017 | Enrique de Mora

Ser un buen jefe es muy difícil. De hecho, ser un mal jefe es mucho más sencillo que ser uno bueno. Un mal directivo incurre habitualmente en comportamientos de este tipo: no tiene objetivos claros, es prepotente, no escucha, no delega, le falta credibilidad, no comunica, se cuelga medallas ajenas, etc. Los malos jefes o directivos tóxicos están muy pero que muy extendidos. En España, según algunas encuestas, el 36% de los jefes son tóxicos. ¡El 36%!

¿Qué suele desencadenar la mayoría de comportamientos de los malos jefes? He hecho esta pregunta muchas veces en conferencias y en talleres con directivos, y la respuesta es siempre unánime: la inseguridad.

Parafraseando a W. Somerset Maugham: hay tres reglas para crear buenos líderes, pero desafortunadamente, nadie las ha encontrado todavía. No hay líderes perfectos, es por eso que los buenos líderes tratan de mejorar todo el tiempo a través del autoconocimiento, la formación, el entrenamiento, cometer errores y aprender de nuevo, etc.

Para empezar, el liderazgo debe ser auténtico. Debe tener un propósito verdadero, que nazca realmente de dentro. Si un directivo no tiene claro su propósito y sus valores y no está haciendo algo que le importe de verdad, es difícil que actúe como líder. Valga la redundancia, pero el propósito de un líder es… crear un propósito.

Hoy en día se usa y abusa del concepto de líder. Esa banalización es muy evidente en política. Los medios de comunicación otorgan generosamente la condición de líder a cualquiera que esté al frente de una formación política. Así claro, los políticos se lo creen e incluso se autoproclaman líderes. Que me perdonen, pero me temo que el 99,9% de los políticos designados alegremente como líderes por sus partidos y por los medios de comunicación no pasaría el corte de una empresa normalita.

¡Ojo!: la autenticidad en un papel de líder significa algo más que limitarse a ser uno mismo. Porque no nos engañemos, un líder debe adoptar roles diferentes según las situaciones, no puede ser el mismo cuando da un feedback de corrección a alguien que ha cometido un error grave que cuando está celebrando la cena de Navidad con la empresa.

Los líderes de verdad muestran coherencia entre lo que dicen y lo que hacen, demuestran también coherencia en la representación de diferentes papeles y se encuentran cómodos consigo mismos.

Por tanto, la autenticidad tiene que ver con la coherencia, predicar con el ejemplo, estar de acuerdo con uno mismo, y con la comodidad,basarse en uno mismo, no impostar. Resalto especialmente la importancia de dar ejemplo. “Leading by example” lo llaman los anglosajones. Del mismo modo que el padre debe dar ejemplo a sus hijos, el líder debe hacerlo con sus seguidores. Si no, la cosa no funciona.

Y la autenticidad también tiene que ver con la conciencia de uno mismo y el autoconocimiento. Un buen líder debe conocerse a sí mismo lo suficiente y, atención, debe mostrarse a sí mismo lo suficiente. No se trata de mostrarlo todo, pero si lo bastante para que los demás vean el contorno de una persona real. Dicho con terminología cinematográfica de otros tiempos, el desnudo integral es innecesario, bastará con destapes periódicos. A medida que los líderes se exponen, muestran puntos débiles y fuertes. Que demuestren debilidades no les hace menos atractivos como líderes, al contrario, les hace más humanos y, por tanto, más auténticos.

En cualquier empresa existen fuerzas contrapuestas: la dirección busca vender, ampliar cuota de mercado, fidelizar a los clientes, innovar y reducir costes; mientras que el empleado anhela una mayor seguridad en el trabajo, ser escuchado, cobrar lo máximo posible, compartir beneficios, conciliar, etc.

Por eso, por esa contraposición de tensiones, es tan difícil dirigir empresas y personas. Hace pocas décadas, ser jefe consistía en saber mandar, dar órdenes. Hoy en día está claro que un directivo debe liderar, que es mucho más que mandar. Los líderes auténticos saben que dirigir implica “EXIGIR” (dedicación, entrega, aptitud y actitud, y sobre todo resultados) pero también implica “DAR” (reconocimiento, atención, buen salario, beneficios sociales, conciliación…). El buen directivo sabe armonizar la (inevitable) ambición y presión hacia su equipo con la (imprescindible) necesidad de cuidarlo. Ser líder requiere saber guardar el equilibrio (y ser equilibrado). El buen directivo debe albergar en su personalidad el Yin, la fuerza que tiende hacia el reposo, y el Yang, la que tiende al movimiento.

Recuerdo una campaña publicitaria de la cadena de tiendas de cosmética Sephora, pregonaba que en la tradición china belleza era sinónimo de equilibrio. Pues la belleza del liderazgo reside probablemente en la autenticidad de quien lo ejerce y en su capacidad de saber dar y saber exigir simultáneamente. Ese es el difícil equilibrio del liderazgo…

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